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La Luna, nuestro único satélite, ha llenado a los seres humanos de
fascinación e impotencia... en una civilización prepotente, que
domina y maltrata el medio ambiente en el que vive, la existencia de
un astro omnipresente, cercano, pero a la vez, tan lejano, ha sido
un continuo punto de referencia... y de leyendas. Comenzamos aquí
una serie de reportajes dedicados a los mitos que venido originado
en todas las civilizaciones, desde las historias clásicas, a los
misterios generados por los viajes espaciales.
Precisamente empezaremos por aquí nuestro viaje al corazón de la
Luna. Durante finales de los años sesenta, y principios de los
setenta se llevó a cabo un ambicioso proyecto para situar varias
tripulaciones norteamericanas en ella y llevar a cabo diversas
pruebas científicas y recogidas de materiales. Muchos son los
autores y articulistas que, con más o menos base, afirman que no
todo lo ocurrido en los viajes espaciales fue dado a conocer al
público. Entre ellos, Timothy Good explica en su libro “Mother
Ships” que durante la misión del Apolo XI Neil Armstrong y Edwin
"Buzz" Aldrin observaron OVNIS sobre la superficie al poco tiempo de
haber aterrizado el 21 de noviembre de 1969. Todo el mundo pudo oír
en aquellas fechas una comunicación entre Neil y el mando de la
misión en la Tierra en la que se afirmaba que se habían detectado
unas luces en el borde de un cráter. La comunicación continuó en
otro canal, de modo que para la mayoría de los que en ese momento
permanecían a la escucha todo quedó ahí.
Sin embargo, el 1979, el empleado de la NASA Otto Binder ofreció una
grabación magnetofónica, del dominio público hoy en día en la que la
conversación seguía de la siguiente forma:
NASA: What's there?
Mission Control calling Apollo 11...
Apollo11: These "Babies" are huge, Sir! Enormous! OH MY GOD! You
wouldn't believe it!
I'm telling you there are other spacecraft out there, Lined up on
the far side of the crater edge!
They're on the Moon watching us!
(NASA: ¿Qué hay allí?
Control de la
Misión llamando a Apolo XI).
Apolo XI: ¡Esos chicos son grandes, Señor!, ¡enormes!. ¡Dios mío!,
¡No se lo va a creer! Le estoy diciendo que hay otra nave espacial
allí fuera... ¡Se está alineando en el lado alejado del borde del
cráter! ¡Están en la luna y nos están mirando!)
El mismo 1979, Maurice Chatelain, anterior Jefe de Comunicaciones de
la NASA informó de que en aquellas fechas los sistemas confirmaron
que Armstrong había informado del avistamiento de dos naves en el
margen del cráter: “El encuentro era de conocimiento común en la
NASA, pero nadie había hablado de él hasta ahora”.
Por su parte, los científicos soviéticos fueron los primeros en
confirmar estos hechos: “Según nuestra información, el encuentro fue
informado inmediatamente después del desembarco del módulo lunar”,
afirmó el Dr. Vladimir Asaza, físico y profesor de Matemáticas de la
Universidad de Moscú. “Neil Armstrong reveló en el mensaje al
Control de la Misión que dos objetos grandes, desconocidos, le
estaban observando después de haber aterrizado el módulo en la
Luna”.
Maurice Chatelain ha confirmado que las emisiones de radio del Apolo
XI se interrumpieron en varias ocasiones de forma premeditada para
esconder determinadas noticias del público.
Antes de ser despedido de la NASA, Chatelain era una personalidad en
la industria aeroespacial y el programa espacial norteamericano. Su
primer trabajo fue en Francia como ingeniero electrónico en Convari,
especializándose en telecomunicaciones, telemetría y radar. El año
1959 fue nombrado responsable de un grupo de investigación sobre el
electromagnetismo para la empresa Ryan. Una de sus patentes más
importantes fue un sistema de radar automático que permitía
aterrizajes mucho más sencillos, y que fueron utilizados en las
misiones lunares. Años después se ofreció a la aviación
norteamericana para diseñar y construir los sistemas de
comunicaciones y proceso de datos de las misiones Apolo.
Su sólida carrera da un cierto peso específico a sus afirmaciones.
También ha manifestado que “todas las misiones Apolo y los vuelos de
la serie Gémini eran seguidos, a una cierta distancia, y en
ocasiones bastante de cerca, por vehículos espaciales de origen
extraterrestre. Cada vez que ocurrió los astronautas informaron al
Mando de la Misión, que pedía silencio absoluto”.
Aun más, en sus
propias palabras “Walter Schirra, a bordo del Mercurio VIII fue el
primero de los astronautas en usar el código “Santa Claus” para
indicar la presencia de platillos volantes junto a las cápsulas. Sin
embargo, sus anuncios apenas tuvieron trascendencia en el público
general. Algo diferente ocurrió cuando James Lovell, a bordo del
módulo Apolo VIII, tras circunvalar la Luna, dijo claramente ‘Por
favor, informo que he visto a Santa Claus’. Aunque esto ocurrió en
la Navidad del año 1969 algunas personas intuyeron algún significado
oculto en sus palabras”.
Los rumores persisten, pero siempre se quedan en eso... Ninguna
prueba mínimamente sólida viene a corroborar lo que siempre son
palabras.... ¿Podemos creer, sin ninguna prueba a favor, en teorías
extraterrestres lunares?. Si resulta complicado demostrar la
existencia de los contactados en la Tierra, más difícil se vuelve el
asunto cuando no existen evidencias del acontecimiento, y todos los
testimonios proceden de personal que han abandonado la NASA. El
mismo Neil Armstrong ha negado los hechos siempre que se le ha
cuestionado sobre el tema de forma categórica. Esta es la prueba
definitiva de que todo es una invención, afirmarán los escépticos.
¿Qué otra cosa podía decir?, se preguntarán los ufólogos.
En 1879 la Real
Sociedad Astronómica Británica cursaba una insólita circular a sus
miembros en la que expresaba el deseo de recibir en su sede
cualquier informe de sus asociados en el que se diera buena cuenta
de alguna observación anómala sobre la superficie de la Luna. La
respuesta no se hizo esperar, ya que durante los dos años que
siguieron a su poco frecuente solicitud, sus oficinas de Londres se
vieron literalmente inundadas por una avalancha de relatos en los
que se describían desde la observación de luces que recorrían el
interior de ciertos cráteres, hasta explosiones volcánicas de cierta
magnitud. El abultado numero de informes recibidos -que supero los
¡dos millones!- obligo a esta Sociedad a cancelar su proyecto de
análisis y a no emitir ninguna opinión concluyente sobre tan
escurridiza materia.
Pero lo que
realmente puso de manifiesto aquella unánime reacción de los
astrónomos británicos fue que ninguno de sus testimonios resultaba
nuevo o extraño a los ojos de los expertos más competentes. Aunque
ninguno hablara de ello. Sólo uno, en 1787, nada menos que el
prestigioso astrónomo William Herschel, el descubridor de Urano,
habló sin pudor de sus extrañas observaciones lunares. Herschel
denunció haber visto la erupción de tres volcanes sobre la
superficie de una Luna que todos sus colegas consideraban un cadáver
geológico, y que las misiones Apolo así lo demostrarían casi dos
siglos después... "Los he detectado -escribió en aquel entonces
Herschel a contracorriente- en diferentes lugares de la parte oscura
de la Luna nueva. Dos de ellos están casi ya extintos o, en
cualquier caso, en estado de cercana erupción que quizás se produzca
en la próxima lunación. El tercero muestra una erupción actual de
fuego y materias luminosas".
Dos años después de su "confesión", otro eminente selenógrafo, el
profesor germano Schroeter, declaró haber visto, sin genero de duda,
"un brillante estallido de luz, que estaba compuesto de muchas
chispas pequeñas y separadas (...) que se movían todas juntas en
línea recta hacia el norte del Mare Imbrium y otros lugares de la
superficie de la Luna".
Puentes en la Luna
Ambos relatos son
irreprochables. No solo por la reconocida solvencia científica de
quienes los enunciaron, sino porque se amparan dentro de una
amplísima casuística de detecciones a través de telescopios de
luces, cúpulas, puentes y un sinfín de registros visuales de similar
grado de extrañeza, para los que la ciencia no tiene una explicación
convincente alguna. En líneas generales esta clase de enigmáticas
luces han recibido, en el ámbito astronómico, el nombre de FENOMENOS
TRANSITORIOS LUNARES indicando claramente la naturaleza escurridiza
y efímera de semejantes apariciones sobre el suelo lunar.
Comúnmente los LTPs
(de sus siglas en inglés Lunar Transient Phenomena) se observan en
el lado brillante de la cara visible de nuestro satélite y casi
siempre se trata de luces blancas del tamaño de una estrella -aunque
también hay registros de luces rojas, amarillentas y azuladas- cuya
permanencia sobre la superficie varia entre unos segundos y algunos
días.
Pero, como digo, el fenómeno no viene
de nuevo. Desde el siglo VI hasta hoy el número de incidentes de
este tipo catalogados por astrónomos privados como Winfried S.
Cameron supera los dos millares, entre los que se incluyen
frecuentes avistamientos de flashes intermitentes de luz, como si
alguien intentara mandar una señal de morse a la Tierra.
Alguien, sí... ¿Pero quién?
Por otra parte, uno
de los últimos y mas completos listados "oficiales" de LTPs,
elaborado por la NASA en Julio de 1968, recoge la nada despreciable
cantidad de 579 incidentes profusamente documentados entre Noviembre
del 1540 y Octubre del 1967(http://www.mufor.org/tlp/1900.html).
Como sin duda el
lector habrá adivinado, este asunto tiene ciertos paralelismos con
el familiar misterio de los No Identificados ya que, como sucede con
éstos, las evidencias testimoniales, fotográficas y -mas
recientemente- fílmicas demuestran que "algo" esta sobrevolando la
Luna y se desplaza ocasionalmente a lo largo de zonas muy concretas
de ésta (como los cráteres Platón o Aristarco). Y por si fuera poco,
también su actividad parece dispararse cuando el planeta Marte se
encuentra mas cerca de la Tierra.
El fracaso de
las Apolo
El 19 de julio de 1969 el modulo
principal de la misión Apolo XI entraba en órbita alrededor de la
Luna y comenzaba a ultimar los preparativos que permitirían que el
modulo Eagle alunizara sobre la superficie de nuestro satélite dos
días después. La rutina de los preliminares técnicos fue
interrumpida por una llamada de Misión Central de Houston (Texas)
que previno a los astronautas de algo insólito que debían tratar de
comprobar: al parecer varios astrónomos aficionados habían
telefoneado a la NASA para informar de que estaban viendo un
fenómeno LTP en las inmediaciones del cráter Aristarco, muy cerca de
la órbita de la nave estadounidense. Tras recibir la orden, Neil
Armstrong, sin pensárselo un segundo, fue hacia una de las
ventanillas del modulo y observó, en la cercanía de lo que creyó que
era el cráter Aristarco, "un área considerablemente más iluminada
que la zonas de alrededor".
"Parece que tiene algo de fluorescencia" -dijo. Sorprendentemente,
tras el final de la misión, Houston no se pronunció sobre aquel
avistamiento de luces extrañas durante el vuelo. Nos dejó a dos
velas. Pero, eso sí, posteriores mediciones del cráter Aristarco
pusieron de relieve que en la zona existían niveles de
radioactividad de difícil explicación.
Desde entonces
hasta hoy han pasado ya más de tres décadas. En aquellos épicos días
de la llegada del hombre a la Luna muchos astrónomos creyeron
ingenuamente que los astronautas de las misiones Apolo despejarían
las incógnitas nacidas a la luz de sus observaciones nocturnas. Pero
pocas esperanzas se demostraron tan infundadas como ésta.
En definitiva, se
encontraron con un satélite "muerto". Poco excitante. Por otra
parte, el casi un tercio de tonelada de tierra y piedras lunares que
trajeron consigo a la Tierra, así como sus filmaciones y mediciones
sobre el terreno, después de haber sido analizadas concienzudamente
en los laboratorios de la NASA norteamericana, no solo ratificaron
las impresiones de los astronautas sobre la esterilidad de aquel
mundo, sino que ayudaron a sumar nuevos y aun más incómodos
interrogantes a la larga lista ya confeccionada desde Tierra. Por
ejemplo, las misiones Apolo determinaron la existencia de un campo
magnético irregular alrededor de la Luna, que incluso se puede
encontrar aún en los materiales "exportados" del satélite. No está
claro cómo pudieron originarse semejantes índices de magnetismo en
este pequeño cuerpo astronómico, incapaz de contener un núcleo de
metal caliente o fundido. Pero además -según señalaron los propios
ingenieros de la NASA- la Luna tampoco gira suficientemente veloz
como para crear un efecto dinamo sobre los minerales lunares.
En junio de 1985 el
investigador norteamericano William Corliss hizo acopio de estas y
otras "irregularidades" no resueltas por la Agencia Espacial
norteamericana en el transcurso de sus proyectos Lunar, Orbiter y
Apolo, enunciando en su obra The Planet Moon, hasta sesenta
fenómenos extraños relacionados con la Luna. Entre las categorías
mas espectaculares se encuentran las que hacen referencia a su
órbita irregular y que han pretendido explicarse gracias a
perturbaciones gravitacionales de origen no identificado.
La mas seria de estas perturbaciones es el alejamiento progresivo de
la Tierra y nuestro satélite. Algo que a decir de los expertos pone
en evidencia la fragilidad gravitacional Tierra-Luna, al tiempo que
valida la teoría de que Selene se "casó" con nuestro planeta hace
varios miles de años y que por lo tanto, corre el serio riesgo de
volver a escaparse de nuestro lado en cualquier momento... Vaya,
como en los mejores matrimimonios. O, lo que es peor, podría
terminar por impactar contra este cálido punto azul. "Algún día
-especifica Corliss en su trabajo- en el futuro, podríamos perder la
Luna y esta podría terminar convirtiéndose en un planeta por derecho
propio". |